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Anoche, antes de amanecer, me despertó de pronto la tormenta. Sentí el frío del invierno en mi cuerpo. Intenté evitarlo abrazándome las piernas. Emtonces sentí la humedad entre mis muslos que te recordába. Unas horas antes habías pasado por allí.
Nos desnudamos. No recuerdo si jugando. Si el uno al otro. Si con prisa y ansiedad. Si bailando a ritmo de jazz. Si despacio deleitándo la vista.
Todo empezó con un ligero toque de tus labios en mi cuello. Entonces toda mi piel se erizó y tú la sentiste porque ya me habías asido la cintura.
Decidí acariciarte con un aceite perfumado. Estaba frío. Con el roce de mis manos comenzó a templarse. Con el desliz de mi cuerpo empezó a licuarse.
Fué entonces cuando me entraron dudas. No sabía si comerte o beberte. Si arañarte o besarte. Si morderte o estrujarte.
Yo visité otros mundos varias veces y tu sufriste una pequeña agonía. Entonces nos tendimos abrazados.
“Abrázame”.-te dije. “En eso estoy”.- contestáste.
Yo quería que me abrazaras fuerte.
Tan fuerte que crujieran mis miedos. Tan fuerte que se soldaran mis lamentos. Tan fuerte que no se supiera donde acababa uno y empezaba el otro.

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